Un ángel que roba oportunidades
Ese fin de semana había amanecido como cualquier otro, un desayuno ligero, un buen partido de fútbol televisado y una llamada a la enamorada en Perú. Sí, estaba en Estados Unidos, un viaje de visita a unos parientes que están de ilegales en Miami, pero por azares del destino me encontraba viviendo en la casa de un amigo que conocí jugando al balompié en una de las calles latinas de esta ciudad gringa donde se habla más español que inglés.
Me había puesto la camiseta del equipo italiano, por alguna razón, el azul es un color que me atrae bastante, y mejor aún si viene con un emblema de algún equipo de fútbol. Salimos a visitar uno de los mall que hay por la zona, a ver si encontrábamos algo barato esta vez. Al estar en una de las tiendas, un joven del cual desconocíamos toda información relevante para ponerla por escrito, nos comenzó a hacer gestos al otro extremo de la tienda. Señalaba mi camiseta y me indicaba que me acerque mientras venia a nosotros. Su expresión era memorable, felicidad en cada gesto del rostro, parecía tener la sonrisa estancada. “Ey tío, he visto a Totti en la tienda de Swatch que está antes de la pileta principal, Totti!”, dijo, sin perder la sonrisa en el rostro. Antes de que termine de decir pileta yo ya había volteado el rostro para salir por la puerta y buscar a ese jugador tan extraordinario que es Franchesco Totti.
Esas cosas deben pasar una vez en la vida, y solo de algunos afortunados, tenía la camiseta de su equipo nacional y un plumón o lapicero lo conseguía en cualquier lado. Caminaba por el pasillo y pensaba en las mil cosas que le podría decir. Cada tienda estaba abarrotada de gente, niños pasaban por mi lado corriendo como animales ante la comida y me atravesaban como un ente. Tenía la mirada fija porque mi mente estaba en otro lugar, trataba de recordar cada palabra en inglés que había preparado en mi discurso creado improvisadamente hace treinta segundos. Mis piernas iban presurosas, tenían vida, lo juro. Era el pie derecho el que llevaba el liderato y pisaba cada cuadro del suelo con una determinación envidiable. No recuerdo dónde estaban mis brazos cuando llegué a la susodicha tienda, lo podía ver en la entrada. Rodeado de un par de transeúntes que le daban la mano y parecían preguntarle algo, pero eso no era lo importante de la situación. Había algo más, una silueta femenina, lo cogía de su mano, su presencia me había arrastrado totalmente de la escena. Por un segundo me pareció ver que tenía alas que salían del vestido rosado, que acompañaba unas sandalias cremas que parecían haber sido hechas para ella. Al pasar por mi lado, puse todos mis sentidos en su aroma, quería saber cómo olía un ángel.
Al llegar mi amigo en la escena, dudé por un momento de contarle lo que pasó. Sin embargo, él también es hombre, y supuse que lo entendería. Me equivoqué, hay hombres, y hay imbéciles. Parece que yo pertenezco a los de segundo tipo.
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